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Esta canción ha sido mi banda sonora en este día.
Un día en el que una de las personas más importantes de mi mundo nació hace veintitrés años. Alguien con quien escaparse, con quien correr y correr sin mirar atrás. Una persona que tiene el mapa que necesitas, en el momento del camino en el que más lo puedes llegar a requerir.
Una persona experta en escapismo.
En fugarse, desaparecer, desertar, abandonar, retirarse.
Una persona que huye para poder volver a sí misma.
Alguien con quien poder liberarse.
The Rescues - Break me Out
Break me out tonight
I wanna see the sun rising anywhere but here
Come with me
Oh, this could be
The only chance we get
We gotta take it
We don’t do it now we’ll never make it
Lose this crowd
Oh break me out -
La primavera y sus orgías literarias.
Que alguien me ate de manos y piernas para que estas vueltas que la primavera me ha hecho inaugurar por buen tiempo no terminen por arruinarme.
En los meses anteriores me refugiaba en la oscuridad de las 18.00 para disfrutar de la serie de televisión de turno acompañada de un té caliente y de una manta (que no bata-manta, a ese nivel todavía no he llegado) o para dejarme los ojos a la luz de la poco eficaz lámpara de Ikea, leyendo antologías poéticas y narrativa nipona.
Pero ya no. Ahora el bar al que acostumbro ir ha abierto oficialmente su terraza, y con ello se ha inaugurado la temporada de los cafés (calientes, jamás con hielo) al sol, del aroma del cigarrillo del tipo de la mesa de al lado y del aireo de las páginas de libros que hace tiempo ya una vez leí. La apertura de la terracita de la Posada del Diablo (así se llama el bar) es sin embargo una mera excusa para salir de la cueva en la que llevo hibernando desde el pasado diciembre.
La primavera ha activado el genoma de mi curiosidad y me ha empujado, a ritmo de Shake it Out de Florence + The Machine, a adentrarme en el mundo de las orgías literarias. Así, ayer mismo me encontré manoseando decenas de libros que - y lo digo con el peso de la vergüenza sobre mí- jamás he leído, pero que debí de leer hace muchísimos años. Me encontré deseando tener al menos unos 20 eurillos conmigo para poder hacerme con los cuentos de Edgar Allan Poe, traducidos por Julio Cortázar. Quizá sea porque hace unas semanas fui al teatro a ver la obra Desaparecer y el relato del Gato Negro me dejó cavilando acerca de aquellos desayunos de los domingos en los que mi padre sacaba aquel libro cuya cubierta atraía toda mi atención. No me acuerdo de lo que en voz alta nos leía. No recuerdo ningún cuento, ningún extracto. Sólo recuerdo la portada azul con la mancha roja, y lo que en su momento me parecía que era una calavera mal formada.

Salté de Edgar Allan Poe a Charles Bukowski y su antología poética. De Charles Bukowski pasé a una recopilación de mitos griegos. De la mitología griega me fui a Almudena Grandes y ésta me llevó irremediablemente a Luis García Montero. Me distraje un rato con Sunset Park de Paul Auster (a pesar de que desde el “Libro de las Ilusiones” y “La Música del Azar” su obra me parece un tanto… cómo decirlo… ¿turbia? ¿apresurada? ¿repetitiva?). He de reconocer que Paul Auster es una lectura fácil y rápida, y casi siempre entretenida (olvidemos a este propósito esa aberración que fue, bajo mi punto de vista, “El País de las Últimas Cosas”) y que desde “Brooklyn Follies”, irremediablemente, Auster me ganó hace ya bastante tiempo. Tras Auster, dudé un rato sobre si debía hojear o no “Así habló Zaratustra”, pero siendo consciente de mis limitaciones intelectuales opté finalmente por satisfacer mi curiosidad en otra parte, en Faulkner específicamente. Hace unos tres años me topé con “Dry September” y desde entonces la idea de leer alguna de sus obras no ha abandonado mi cabeza. Así que, cuando tuve entre mis manos “Mientras agonizo” se me hizo de nuevo pesado el vacío de mi cartera y maldije todos esos cafés apresurados entre las clases de Derecho Social Comunitario y Derecho Eclesiástico.
Finalmente, me giré hacia la sección culinaria intentando apartar mi vista de todas las guías de viajes que desde el mostrador de la derecha me impelían a devorar sin miramiento, y fui saltando de libro de cocina en libro de cocina, parándome un poco más en aquellos dedicados exclusivamente a “postres” -que todo hay que decirlo-. Nunca he tenido más interés en la comida que para comérmela, pero el fin de semana pasado en una de mis innumerables crisis existenciales Deivid y yo llegamos a la conclusión de que nos hacía falta en nuestras vidas un interés común al que dedicar esas tardes melancólicas de domingo. Cocinar fue lo único (económicamente asequible) en lo que coincidimos. Qué voy a decir, va a resultar que después de todo no tenemos tanta imaginación como en un principio pudimos suponer. Así que ahí estaba yo, hojeando libros de cocina, obnubilada por la cantidad de quieros y no puedos que me rodeaban en esa librería maldita.
Quién me mandó a mí meterme en ese lugar sin un céntimo en el bolsillo. Con lo fácil que hubiese sido ir a la tienda de ropa de turno y deambular entre los pasillos de ropa que jamás podré vestir, y que jamás querré ver en mí puesta.
Adivino que en un futuro, cuando mi cartera haya repostado, necesitaré de alguien que me recuerde que una no come de letras, ni tampoco vive de celulosa.
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Te llevo soñando un tiempo y no te conozco.
Te llevo soñando un tiempo y no te conozco. En realidad sólo soy una mera espectadora de tu vida, de esa voz profunda que acalla multitudes, de tu risa capaz de congelar la sangre, capaz de caldear el alma.
Me escondo sin saberlo dos o tres pasos por detrás de ti para ser testigo de tus palabras pronunciadas entre susurros, de las confidencias robadas, de tu crueldad edulcorada.
No te conozco, pero me sé de memoria los ecos que mi cabeza reproduce de tu voz, retengo en mi mente tu protuberancia masculina – y no hablo de ésa- hablo de la de tu boca, tu garganta. No te conozco pero ya te he memorizado.
Quizá sea por eso por lo que tu anonimato se convierte familiar entre mis sábanas y, cuando el sol se pone y las estrellas son las únicas espectadoras de nuestra historia, tú apareces cauteloso sin yo haberte llamado, para hacer conocido lo desconocido, para convertir en realidad lo imaginado, para descubrir evidente lo escondido, lo callado. Te haces presente sin ser yo responsable, sin preguntar ni pedir permiso, y me tomas y me llevas a tu terreno para reconquistar lo que nunca conquistaste, para enarbolarme de bandera y darme aquello que nunca quise, pero que extrañamente entonces deseo.
Durante el día no hay cabida para los posesivos, pero cuando cae la noche en secreto me haces tuya y a regañadientes me batallas, me dominas, me obligas a quererte. Yo lo juro, no te deseo, pero mi cama arde en llamas. Lo juro, no te conozco, no hablo contigo, pero cuando el crepúsculo me arrebata a veces, sólo a veces construyes la intimidad que me ha ido rehuyendo en la realidad por mí fabricada. Me das en lo irreal de lo onírico lo que no sé procurarme en lo real.
Pero yo lo juro, que no quiero, que mis sueños se equivocan, que erran al invocarte a ti. No te conozco.
A ti no.
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Mis pequeñas manías: cuando empiezo a leer algo de un autor, me lo leo todo.
No me gusta conocer solamente una obra de un escritor, es como si únicamente fueses testigo de un día (bueno o malo) de una persona. Hasta que no has visto a alguien en sus buenos momentos y en su más baja circunstancia, no conoces a ese alguien. Lo mismo pasa con los libros y los autores; hay que leer sus novelas más embarazosas para poder saborear mejor sus obras de arte.
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Conversaciones con una pared cualquiera.
¿Sabes? A veces me gustaría poder sentarme contigo, tomarme un café y despegarme el esparadrapo que sella mi boca cada vez que me enfrento a esa mirada que me escudriña, expectante, esperando a que me caiga entre las torpes palabras que pronuncio con la intención de impresionarte. Porque al fin y al cabo esa es la razón que me motiva a hacer todo lo que hago, impresionarte. Impresionar.
Nunca me expresaré como Joyce o como Hemingway. Nunca escribiré poesía como Neruda o Pizarnik, y jamás me verás filosofar como lo hizo Ayn Rand. No pintaré como Van Gogh ni seré capaz de igualar mi crudeza a la de Bukowski ni mi sátira a la del enfant terrible de Oxford. Lo sé, pero ¿lo sabes tú?
Mira, la vergüenza que alguna vez te causé no era más que tu ineptitud por comprender los delirios de una parte de ti mismo. La vergüenza de ver en mis palabras la vida que me fue dada, la personalidad que en consecuencia fue creada, la vergüenza de no poder entenderla. O culpabilidad quizá, no sé.
Comprendo que es mucho más fácil manejar las cuerdas de alguien automatizado. Al fin y al cabo sólo tienes que pulsar un botón y ya sabes de antemano cuál va a ser la acción resultante de su causa (hablo de la teoría de la causalidad adecuada, de la experiencia común). Pero, ¿cómo controlar aquello que tú no fuiste capaz de controlar en ti mismo? ¿cómo censurar a la pasión, cómo combatir lo irracional?
Vas pisando el camino que te lleva hacia mí con mucho cuidado, de puntillas, intentando desafiar la gravedad. Tienes miedo, o respeto, no estoy segura. Te mofas de mí con bravuconería frente a tu dócil audiencia, que asiente y sonríe con dúctil carácter, pero no tienes el coraje de reírte de la misma manera en mi presencia. Te ves superior pero te cuidas de mostrar tu superioridad de una manera sutil, delicada. Por si acaso me da por correr lejos, muy lejos de ti.
Por si acaso me da por ser como tú.
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Echo de menos tener tiempo para esto.
Un té, un libro y varios buenos cojines que me soporten durante horas y horas sumergida en mi universo paralelo.
Publicado el Enero 31, 2012 via ∞ with 777 notas
Fuente: a-once-courageous-heart
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Te has equivocado.
Podrías haber elegido a una chica mucho más bonita, una chica que no estuviese revoloteando a tu alrededor preguntándote si este pantalón le hace las caderas más anchas, o si en esta determinada camisa sus brazos caen en la ilusión óptica de ser más gruesos. Podrías estar con alguien más alto, con un pelo más liso y menos enredado, alguien que fuese a la peluquería con la asiduidad suficiente como para no tener descuidadas sus mechas. Podrías verte acompañado de una mujer que cuando viste tacones el suelo que pisa se torna en su particular alfombra roja, con una mujer que se hace diosa cuando se desliza dentro de ese sencillo y ceñido vestido negro que a ti te encanta. Podrías estar con la típica mujer-estandarte, esa mujer que dice más de ti de lo que tú nunca podrías decir de ti mismo.
Podrías haber elegido una mujer un poco menos controladora. Una mujer a la que no le importase lo que hicieses con tu tiempo de ocio, una mujer que fácilmente se contentase con alguien que dedica su vida a pasarse unos cuantos niveles de su videojuego favorito mientras que apura la última calada de un porro mal liado. Podrías estar con una mujer que esperase en casa con la boca cerrada y sonriente, una mujer que te abrazase cuando te sintieses un Don Nadie y que te hiciese caer en la ilusión de que tú eres lo mejor que le ha pasado en su vida.
Una aduladora.
Podrías haber elegido a una mujer sin ambición, que no tuviese en su vida más miras que las tuyas, una mujer que estuviese dispuesta a dejar de lado sus convicciones e ideales para satisfacer a su media naranja, al amor de su vida. Una mujer que no encontrase la palabra “no” entre las páginas de su diccionario, y que cuando hablase contigo supiese vestir cada palabra con la mentira más dulce.
Podrías haber elegido a una mujer sin opinión, aquella mujer que cual niña inocente te pregunta en busca de la sabiduría que a ella le ha sido negada. Podrías estar con alguien que prefiera entumecerse en frente de una televisión a convertirse en la protagonista de la historia de su libro favorito, alguien que tema la gramática, la ortografía, una mujer que no tenga nada que decir más allá de lo que tú digas a través de tu boca.
Podrías haber elegido a una mujer menos inteligente, una mujer que no te ganase en cada discusión analizando racionalmente cada palabra que dices, una mujer que no supiese jugar con las palabras poniéndolas en el orden necesario para derrotar tu lógica poco argüida. Alguien menos competitivo que se rindiese fácilmente y que te declarase victorioso en cada una de vuestras cruzadas.
Podrías haber elegido a esa mujer que te deje asentarte en una adolescencia perpetua, y que junto a ti se niegue a evolucionar hacia una etapa llena de menos incertidumbre y más madurez, dejando atrás aquellas resacas de fines de semana mal gestionados y de sustancias demasiado adulteradas. Una mujer que no sepa reírse si no se encuentra drogada.
Pero te has equivocado.
Porque me has elegido a mí.
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Cómo sobrevivir a un periodo de exámenes con gripe
Llevo exactamente un mes entero inmersa en lo que denominamos como “periodo de exámenes”. Un mes que ha estado repleto de fiestas, comidas y cenas navideñas, reuniones familiares, regalos… de los que obviamente no he podido disfrutar, porque me encontraba estudiando. Y todavía me quedan por delante otras dos semanas más de batallas por librar.
Pero, dentro de lo que cabe, estoy más que acostumbrada al estrés de estas semanas, a las horas infernales que pasan cual minutos, a los amaneceres a las 5am para asegurarte de que tu cerebro no te la ha jugado por la noche dedicándose a olvidar todo lo que habías memorizado el día anterior, a los momentos en el autobús y en el metro leyendo los resúmenes como si no hubiese un mañana, a esos incómodos instantes en los que la gente te habla esperando algún tipo de amable interacción por tu parte justo cinco minutos antes del examen, y a su sorpresa cuando les miras odiosamente con los ojos inyectados en sangre por haber osado a romper tu concentración. Acostumbrada en definitiva a esa especie de relación amor-odio con tus esquemas y resúmenes que con amor y esfuerzo has concebido, esa enfermiza obsesión por los post-its, colorines y subrayadores, a ese trastorno gollumniano que te incita a admirar esa obra de arte que son tus apuntes, y al mismo tiempo a querer ser testigo de su destrucción en la hoguera.
Lo que sí es definitivamente nuevo para mí es sobrevivir el tirón lidiando al mismo tiempo con un resfriado que, con cariño, se niega a irse después de 17 días contigo. Así que añadamos a la ecuación ataques de estornudos de 20 minutos nada más despertarte que te dejan los ojos escocidos durante la siguiente hora, sentimiento de confusión por el nivel de mucosidad que, no solamente hace que tu voz suene como si fuese la de una extraña en tu cerebro, sino que también le juega una mala pasada a tu equilibrio cada vez que te levantas o mueves bruscamente la cabeza. Noches en vela ocupadas en intentar recuperar la capacidad para respirar, y días de supervivencia a la vieja escuela “zombi”, rezando por que el Frenadol no te deje comatosa en cama durante 4 horas como lo hizo la última vez.
En definitiva, estoy aprendiendo a sobrevivir al periodo de exámenes con una especia de gripe que me sigue allá donde mis esquemas y resúmenes vayan.
Si dentro de dos semanas continúo por estos lares, es que el paracetamol de 1000mg, el de 650mg, el ibuprofeno de 650mg, el Frenadol, el litro de café, las coca-colas light y los tés que me meto entre pecho y espalda todos los días no han conseguido destruir mi sistema y me han convertido en un ser inmortal.
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No (¿me?) quieres
Hace tiempo que noto que no me miras igual.
Hay una oscuridad en tus ojos que cada día que pasa se va haciendo más espesa, más impenetrable. Entre nosotros se extiende un inconmensurable precipicio que hace tiempo parece estar invitándote a saltar, y los destellos de impaciencia, indiferencia e irritabilidad han dejado de ser anecdóticos para convertirse en una regla que excepcionalmente quebrantamos haciendo honor a viejos recuerdos.
Te agarras a las manillas del reloj cuando las conversaciones tímidamente se convierten en debates, y el reloj parece no tener minutos suficientes para esos cigarros que fumas fuera en el balcón con la excusa de ver la lluvia caer.
Tenemos que nadar la inmensidad del océano para sentir nuestra piel como solíamos hacer, y nos agarramos de las manos, no porque busquemos la proximidad de un cuerpo amigo en la cotidianidad de nuestra convivencia, sino porque sabemos que las curvas del camino se acercan y podemos terminar haciéndonos daño si caemos.
El invierno se ha instalado cual estación perenne en nuestras noches. Ahora soy yo la que termina por buscar las reminiscencias del calor de tu cuerpo, y tú juegas al escondite entre las sábanas murmurando que hace demasiado calor. Tu espalda se ha amoldado a los escollos de mi espalda, y como si de un puzzle se tratase, juntamos las últimas partes de nuestro cuerpo que aún parecen seguir encajando.
Me tocas, pero eres aire.
Hablas de otra mujer. De su perfección, su inteligencia, su risa contagiosa, su madura visión sobre la vida. Y me pones un poquito más lejos en la esquina de la bolsa de la basura cada vez que pronuncias su nombre con la misma expectación de los niños pequeños cuando hablan sobre “Papá Noel”.
Me mientes sin saber muy bien por qué. Quizá es porque te estás mintiendo a ti mismo, quizá porque aún no eres consciente de que estás mintiendo, pero me mientes. Mientes a tus manos cuando acaricias mi cuerpo, mientes a tus labios cuando me besas en un planeado arrebato, mientes a tu voz cuando pronuncias un “te quiero”. Mientes, y ni siquiera lo sabes.
Me mandas callar cuando estamos con otras personas y me borras automáticamente de la habitación en la que estamos cuando finalmente desisto a relacionarme con los demás. Tu delicadeza ha dado paso a la brusquedad de tus mandatos y a la crueldad de tus envenenadas bromas de las que te ríes, orgulloso de tu genialidad, por haber encontrado una nueva combinación inteligente de palabras que me hagan sentir un poco más pequeña, un poco menos importante, un poco más insignificante.
Un poco menos nosotros.
Eres tú, y solamente tú quien importa. No quieres mis opiniones, no quieres mis sugerencias, te has cansado de mis complicaciones, y mis bromas y anécdotas han dejado de parecerte ingeniosas. No quieres mis sonrisas y mi risa ha empezado a sonarte un tanto chirriante. No quieres mi cuerpo y dibujas en tu mente otras siluetas cuando tienes delante la mía. Lo sé porque puedo ver todas y cada una de ellas reflejadas en la lujuria de tus ojos. No quieres los abrazos que te debo por cada una de las veces que he dicho que no quería abrazarte porque estaba enfadada, y has dejado de pedirme que te diga que te quiero, pues no deseas recordarlo.
No quieres mirarme como antes hacías.
No quieres.
No puedo ponerte a prueba, porque ya no quieres.
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No (¿te?) quiero
No quiero verte.
Tu mera presencia me molesta, me irrita, me revuelve el estómago y me da nauseas. Tu voz hace que me entren escalofríos, y escucharte desde la planta de arriba de esta casa que es mi cárcel me insta a gritar que te odio, que odio haberte puesto por encima de mis prioridades, que han desaparecido todo esos rasgos tuyos que con cariño me embelesaban, que se me ha olvidado por qué calificaba este lugar como mi sitio para olvidarme del mundo.
Ahora es el mundo el que se ha olvidado de mí.
No quiero tus tés, ni tus comidas ni ensaladas, no quiero tus coca-colas ni los vasos de agua que me ofrezcas. No quiero tus besos ni tus abrazos, ni cualquier pregunta estúpida que con voz entrecortada me formules sobre mis estudios. No quiero tu caduca preocupación ni quiero tu fingida compasión.
No quiero tus miradas vacías, ni quiero tus halagos forzados. He aborrecido tus manidas bromas, y ser el objetivo de tus jocosos comentarios dejó de ser dulce y original hace ya bastante tiempo. Escucharte reír ya no dibuja una sonrisa en mi cara de manera automática, y huyo de tus brazos si me buscan por la noche en esta cama, que ya no es la nuestra.
No quiero seguir siendo tu mueble favorito de la habitación en la que te encuentres, y me ha dejado de apetecer fingir interés y traducir las conversaciones que mantengas. Tampoco tengo ganas de esforzarme por tener la sonrisa más grande de la casa y he decidido dejar mi diplomacia escondida tras los mandos de tu Xbox.
He dejado de querer superar mi orgullo y ahora es él, y no tú, el que me da el empujón que necesito para seguir adelante en una batalla que solía ser la nuestra.
No me pongas a prueba, porque ya no quiero.

