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Mis pequeñas manías: cuando empiezo a leer algo de un autor, me lo leo todo.
No me gusta conocer solamente una obra de un escritor, es como si únicamente fueses testigo de un día (bueno o malo) de una persona. Hasta que no has visto a alguien en sus buenos momentos y en su más baja circunstancia, no conoces a ese alguien. Lo mismo pasa con los libros y los autores; hay que leer sus novelas más embarazosas para poder saborear mejor sus obras de arte.
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El pasado día 6 de febrero fue la segunda edición de lo que el año anterior Deivid y yo denominamos como el “Día de las Reinas Magas”. Es una total y completa invención nuestra, e incluso puede que una aberración a toda la tradición católica con respecto a la adoración a los Tres Reyes Magos, pero las circunstancias económicas mandan ahora más que nunca y por lo tanto nos hemos visto obligados a instaurar esta especie de celebración pagana con el mero objetivo de darnos los regalos que en su momento no pudimos darnos. No hacemos nada extraordinariamente especial, sobretodo porque todavía estamos intentando establecer rituales o particulares tradiciones que seguir en los próximos años por las mismas fechas. Hasta ahora hemos conseguido inaugurar un pequeño torneo de cartas (en concreto, a Bonkers), así como también nos hemos puesto de acuerdo en intentar esmerarnos un poquitín más en la cocina ese día en especial, inventándonos nuevos platos, innovando, y en definitiva, yendo más allá de hornear una pizza y freír un huevo en nuestras capacidades culinarias.
Aquí está la prueba del delito. Debo decir que es en los 6 de febrero de cada año (desde el año pasado) cuando revivo la ilusión que hace tiempo perdí en torno a las fiestas navideñas. Quizá sea precisamente porque dicha fecha no se encuentra ni intoxicada ni envenenada por toda la parafernalia y presión que rodea de manera enfermiza a las Navidades.
Es reconfortante saber que todavía puedes volver a sentirte como esa niña pequeña que se despertaba a las 6am, ansiosa por abrir los regalos.
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Aprovechando nuestros regalos de Navidad y que hace un frío que te congela la sangre, he decidido hacer un pequeño álbum con nuestros nuevos gorritos.
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Tener que estudiar en Navidades y escuchar a tus familiares jugando a la videoconsola en la habitación de al lado.
Me encantan mis “vacaciones”.
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El producto de mi aburrimiento mañanero: el irlandés y yo
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Aburrida y cansada de hacer siempre lo mismo (estudiar, limpiar la casa, fregar los platos, leer…) ayer por la tarde cogí bolígrafos y papel con el objetivo de escribir algo. Parece ser que el destino me tenía deparado otros planes bien distintos. Hacía muchísimos años que no cogía un lápiz y dibujaba, por el mero placer de hacerlo. Quizá la última vez que lo disfruté fuese cuando tenía 14 años, cuando cogía los cómics que tenía a mano y dibujaba a los protagonistas una y otra vez, inventando en mi cabeza pequeñas historietas que podía desarrollar a través simplemente de observar de manera indefinida el dibujo que había hecho.
Obviamente, ni los dibujos que por aquel entonces trazaba, ni los que ayer aburrida hice, son ninguna obre de arte. Pero son mi pequeño homenaje a esa niña pequeña que dejé en el pasado, esa enana que pasaba las tardes dibujando modelos paseando por pasarelas, guerreras elfas, samurais o paisajes que, posteriormente y víctima de la excitación, corría a enseñar a su madre o a su padre para recibir la respectiva aprobación.
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Hace tiempo comencé a subir fotos de las personas que hacían que estuviese cómoda viviendo en este mundo de desconfianza y competitividad. Lo cierto es que muchas cosas han cambiado en estos últimos meses entre nosotras cuatro, y ya los vínculos que parecían unirnos se han ido diluyendo entre malentendidos y palabras enquistadas que se quedaron en el tintero por miedo a las repercusiones que pudieran existir si se expresaban en voz alta. Todas no nos hemos separado, pero el mero hecho de que una dé la espalda como si nada hubiese pasado en los últimos años hace mella en nuestro pequeño grupo desde el que, entre llantos, risas, copas y confidencias, intentábamos solucionar el mundo. He estado escribiendo al respecto, quizá no de manera evidente, pero de la única forma que sé de expresar mis sentimientos, de manera ambigua.
En la foto estamos Lety y yo. La verdad es que no he encontrado ninguna foto mejor en la que las dos salgamos decentes, puesto que todas las que tengo conmemoran recuerdos de alcohol y fiestas. A ella le dedico esta entrada, al igual que le puedo dedicar todo este mes que dejaremos en una quincena, pues no ha sido ni de lejos el más fácil para ella en cuanto a conflictos se refiere.
Si soy sincera no recuerdo muy bien el día en que la conocí, ni tampoco recuerdo cuándo comencé a considerarla mi amiga. Lety es de esas personas que se adentran en tu corazón magistralmente, sin que te des cuenta, sin que le des permiso, y cuando menos te lo esperas ya se ha convertido en alguien imprescindible en tu día a día. Quizá su exterior puede engañar, constantemente gastando bromas a los demás, haciendo evidente el espíritu jovial y fiestero que a mí me falta. Pero es en la intimidad, cuando le das vía libre para expresarse sin tapujos, cuando percibe en ti alguien lo suficientemente empático como para ser capaz de ponerte en su situación, por muy rocambolesca que sea, cuando se da cuenta de que puedes guardar el silencio necesario que le dé la comodidad para poder abrirse sin necesidad de bromas o anécdotas ya usadas, es entonces cuando su faceta más seria y madura aflora para romperte los esquemas.
Lety es esa persona que es capaz de hacerme reír cuando, en el gimnasio, mis pulsaciones no me permiten ni respirar ni levantar la cabeza de la máquina que esté utilizando. Es esa persona que tiene la habilidad de contarte su vida en tercera persona, como si de una novela se tratase, sin necesidad de que nada interesante le haya pasado realmente en su día. Tiene la capacidad de atraer y compilar todas las anécdotas habidas y por haber, y el incansancio de contártelas todas con pelos y señales, o como a mí me gusta decir, a tiempo real, aunque eso le suponga estar pegada al teléfono toda una tarde. Es por eso por lo que entre nosotras la conocemos como “la centralita”; porque una vez coges el teléfono y escuchas su voz sabes que, al menos, una hora de tu día va a estar ocupada por risas, comentarios absurdos de la cotidianidad y por cotilleos varios.
Este mes ha sido objetivo de numerosos comentarios, muchos de ellos negativos procedentes de personas que ella consideraba como amigas suyas. Yo he estado presente cuando esos comentarios salían de la boca de amigos comunes, y me han dolido a mí como si yo misma fuese la diana del dardo que estaban lanzando. Es por eso por lo que nuestro pequeño grupo de cuatro ya ha dejado de existir, para dar paso a un peculiar y unido trío. Si esta situación es permanente o no, sólo el tiempo lo dirá.
Mientras tanto, me parecía obligatorio dedicarle una entrada a una amiga de verdad, de las que cuando se enfadan contigo siguen considerándote la persona importante y fundamental que eres en su vida, siguen hablando bien de ti y siguen echándote de menos cuando tú no estás presente. Desgraciadamente, no se puede decir lo mismo de todo el mundo.
En ella veo la fidelidad, madurez y objetividad que quizá en otras personas no puedo encontrar.
Por eso estoy orgullosa de tenerla entre mis mejores amigas.
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Me encuentro ahora mismo en el autobus de vuelta a casa; ocho horas de asientos incomodos y peliculas malas que ni siquiera puedes escuchar porque los auriculares no funcionan. En esas estaba mientras curioseaba un rato entre mis fotos cuando me topé con ésta. Me encanta, sobretodo porque me parece que las expresiones que pone cuando fuma le hacen parecer más interesante e intrigante de lo que ya de por sí es.
Es en estos momentos en los que, en la oscuridad de un autobus nocturno y entre reposabrazos mal posicionados, me acuerdo de ti y de lo segura que me siento sobre tu hombro, de lo fácil que me resulta dormirme cuando me acaricias el pelo en ese punto estratégico que sólo tu conoces, de tu afán por hacerme sentir cómoda a pesar incluso de tu propia incomodidad…
Te echo de menos, pero eso ya todos lo sabíamos.
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Dicen que una imagen vale más que mil palabras…
… y tras el viaje de vuelta a casa estoy demasiado cansada y triste como para poder describir de la manera más acertada posible cómo me afecta el haberme separado de ti de nuevo.
Me faltan las palabras.
Me faltas tú.
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Nueve meses
Hoy está siendo un día particular, diferente del resto, y diferente de lo que en realidad debería de ser.
Hoy hacen 9 meses desde la primera vez que pisé el aeropuerto de Dublín con la insensata idea de encontrar algo que no había sido capaz de encontrar en mi propio país. Todas mis esperanzas estaban basadas en un par de horas de una noche de resaca en Londres, en una llamada telefónica confusa entre malas traducciones y pérdidas de senal y en unos cuantos tímidos emails entre los que continuamente intentaba leer entre líneas.
Hoy hacen 9 meses desde que mi vida dió un espectacular cambio de sentido.
Y, cómo lo hemos celebrado? No, no me ha llevado a ningún restaurante caro para cenar a la luz de las velas. No, no hemos dado románticos paseos alrededor de los parques. No, no hemos ido al cine a ver la consabida película de turno.
Somos diferentes, y nos gusta celebrar las cosas a nuestra manera.
Citas románticas? Yo soy de esas personas que creen que en lo pre-establecido está la mediocridad. La idea que se tiene hoy día de cita romántica sólo las hace mediocres, no románticas. El concepto del romanticismo lo debe crear cada uno, no se debe aprender (y menos si las fuentes de aprendizaje son películas con argumentos baratos o libros con vampiros y licántropos enamorándose de cualquier humana que pase por el barrio). Lo romántico se encuentra en la improvisación, en la imaginación, en lo diferente, en actos rutinarios realizados con propósitos extraordinarios.
Nosotros hemos ido al museo de cera de Dublín y nos hemos comportado como enanos. Hemos ido al centro comercial más grande y caro de la zona y hemos fingido que los pósters enrollados que se encontraban en una tienda de música eran espadas lásers. Nos hemos sacado de quicio mutuamente y hemos disfrutado de músicos callejeros que se ayudaban de arpas, guitarras creadas por uno mismo con residuos, bongos o que se ayudaban meramente de sus voces. Y tras recoger un poco la casa escuchando nuestra música favorita cantándola a pleno pulmón, nos disponemos a llevar a cabo una maratón de películas que cada uno ha escogido para que el otro vea.
Sencillo y simple.
A mí es lo que me sirve.
Y ahora unas cuantas fotos de nuestras andanzas:















