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La primavera y sus orgías literarias.
Que alguien me ate de manos y piernas para que estas vueltas que la primavera me ha hecho inaugurar por buen tiempo no terminen por arruinarme.
En los meses anteriores me refugiaba en la oscuridad de las 18.00 para disfrutar de la serie de televisión de turno acompañada de un té caliente y de una manta (que no bata-manta, a ese nivel todavía no he llegado) o para dejarme los ojos a la luz de la poco eficaz lámpara de Ikea, leyendo antologías poéticas y narrativa nipona.
Pero ya no. Ahora el bar al que acostumbro ir ha abierto oficialmente su terraza, y con ello se ha inaugurado la temporada de los cafés (calientes, jamás con hielo) al sol, del aroma del cigarrillo del tipo de la mesa de al lado y del aireo de las páginas de libros que hace tiempo ya una vez leí. La apertura de la terracita de la Posada del Diablo (así se llama el bar) es sin embargo una mera excusa para salir de la cueva en la que llevo hibernando desde el pasado diciembre.
La primavera ha activado el genoma de mi curiosidad y me ha empujado, a ritmo de Shake it Out de Florence + The Machine, a adentrarme en el mundo de las orgías literarias. Así, ayer mismo me encontré manoseando decenas de libros que - y lo digo con el peso de la vergüenza sobre mí- jamás he leído, pero que debí de leer hace muchísimos años. Me encontré deseando tener al menos unos 20 eurillos conmigo para poder hacerme con los cuentos de Edgar Allan Poe, traducidos por Julio Cortázar. Quizá sea porque hace unas semanas fui al teatro a ver la obra Desaparecer y el relato del Gato Negro me dejó cavilando acerca de aquellos desayunos de los domingos en los que mi padre sacaba aquel libro cuya cubierta atraía toda mi atención. No me acuerdo de lo que en voz alta nos leía. No recuerdo ningún cuento, ningún extracto. Sólo recuerdo la portada azul con la mancha roja, y lo que en su momento me parecía que era una calavera mal formada.

Salté de Edgar Allan Poe a Charles Bukowski y su antología poética. De Charles Bukowski pasé a una recopilación de mitos griegos. De la mitología griega me fui a Almudena Grandes y ésta me llevó irremediablemente a Luis García Montero. Me distraje un rato con Sunset Park de Paul Auster (a pesar de que desde el “Libro de las Ilusiones” y “La Música del Azar” su obra me parece un tanto… cómo decirlo… ¿turbia? ¿apresurada? ¿repetitiva?). He de reconocer que Paul Auster es una lectura fácil y rápida, y casi siempre entretenida (olvidemos a este propósito esa aberración que fue, bajo mi punto de vista, “El País de las Últimas Cosas”) y que desde “Brooklyn Follies”, irremediablemente, Auster me ganó hace ya bastante tiempo. Tras Auster, dudé un rato sobre si debía hojear o no “Así habló Zaratustra”, pero siendo consciente de mis limitaciones intelectuales opté finalmente por satisfacer mi curiosidad en otra parte, en Faulkner específicamente. Hace unos tres años me topé con “Dry September” y desde entonces la idea de leer alguna de sus obras no ha abandonado mi cabeza. Así que, cuando tuve entre mis manos “Mientras agonizo” se me hizo de nuevo pesado el vacío de mi cartera y maldije todos esos cafés apresurados entre las clases de Derecho Social Comunitario y Derecho Eclesiástico.
Finalmente, me giré hacia la sección culinaria intentando apartar mi vista de todas las guías de viajes que desde el mostrador de la derecha me impelían a devorar sin miramiento, y fui saltando de libro de cocina en libro de cocina, parándome un poco más en aquellos dedicados exclusivamente a “postres” -que todo hay que decirlo-. Nunca he tenido más interés en la comida que para comérmela, pero el fin de semana pasado en una de mis innumerables crisis existenciales Deivid y yo llegamos a la conclusión de que nos hacía falta en nuestras vidas un interés común al que dedicar esas tardes melancólicas de domingo. Cocinar fue lo único (económicamente asequible) en lo que coincidimos. Qué voy a decir, va a resultar que después de todo no tenemos tanta imaginación como en un principio pudimos suponer. Así que ahí estaba yo, hojeando libros de cocina, obnubilada por la cantidad de quieros y no puedos que me rodeaban en esa librería maldita.
Quién me mandó a mí meterme en ese lugar sin un céntimo en el bolsillo. Con lo fácil que hubiese sido ir a la tienda de ropa de turno y deambular entre los pasillos de ropa que jamás podré vestir, y que jamás querré ver en mí puesta.
Adivino que en un futuro, cuando mi cartera haya repostado, necesitaré de alguien que me recuerde que una no come de letras, ni tampoco vive de celulosa.
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Ausencia - Gabriela Mistral
Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.
¡Se te va todo, se nos va todo!
Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, debajo tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.
Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.
Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de mares solos!
¡Se nos va todo, se nos va todo! -
No hay que lamentarse por la muerte, como no hay que lamentarse por una flor que crece. Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima. Las cagan. Estúpidos gilipollas. Se concentran demasiado en follar, ir al cine, el dinero, la familia, follar. Sus mentes están llenas de algodón. Se tragan a Dios sin pensar, se tragan la patria sin pensar. Muy pronto se olvidan de cómo pensar, dejan que otros piensen por ellos. Sus cerebros están rellenos de algodón. Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir.
Charles Bukowski. “El capitán salió a comer y los marineros se tomaron el barco”(vía elperfectoordinario)
Publicado el Diciembre 25, 2011 via talk nerdy to me with 48 notas
Fuente: kmerino
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Somos el centro. Para cada uno de nosotros —algunos lo llamarán arrogancia o egoísmo— somos el centro, y todo el mundo gira a nuestro alrededor, por nosotros y para nosotros. Esta es la paradoja de la sociedad, la relación entre el individuo y la colectividad, donde a menudo los deseos del primero están en directo conflicto con las necesidades de la segunda. ¿Quién de nosotros no se ha preguntado si todo el mundo no es más que un sueño personal?
No creo que estos pensamientos sean arrogantes o egoístas. Es una simple cuestión de percepción; podemos sentir empatía por otra persona, pero realmente no podemos ver el mundo como lo ve ella o juzgar el efecto que las cosas tienen en su mente y en su corazón, ni siquiera si es un amigo.
Pero debemos intentarlo. Hemos de hacerlo por el bien de todo el mundo. Ésta es la prueba del altruismo, el componente más básico e incuestionable de la sociedad. Ahí radica la paradoja, pues al final, lógicamente, cada uno de nosotros se preocupa más por sí mismo que por los otros y, sin embargo, si como seres racionales seguimos esa tendencia natural, anteponemos nuestras necesidades y deseos a los de la colectividad, y entonces no hay sociedad.
Procedo de Menzoberranzan, la ciudad drow, el paradigma del egotismo. He conocido ese sistema de anteponer el uno al todo, y lo vi fracasar rotundamente. Cuando manda el egotismo, toda la colectividad sale perdiendo, y, al final, quienes se afanan en conseguir sus propios logros acaban sin poseer nada de verdadero valor.
Porque todo lo realmente valioso que hay en esta vida proviene de nuestras relaciones con quienes nos rodean. Porque no hay nada material que pueda compararse a cosas intangibles como el amor y la amistad.El Legado del Drow-R. A. SalvatorePublicado el Septiembre 14, 2010 via Buscando a Errtu with 11 notas
Fuente: buscandoaerrtu
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Carta de despedida
Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida…
Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más; entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detenienen, despertaría cuando los demás duermen, escucharía cuando los demás hablan… y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.
Si Dios me obsequiara un trozo de vida… Vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo y esperaría que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas para sentir el dolor de sus espinas y el encarnado beso de sus pétalos.
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida… No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre que son mi favoritos y viviría enamorado del amor.
A los hombres les provaría cuán equivocados están al dejar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse. A un niño le daría alas, pero le dejaría que el solo aprendiese a volar. A los viejos que les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres…
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Gabriel García Marquez. Carta de despedida tras conocer sus problemas de salud: cáncer linfático.
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Lo cierto es que la vida es dura y peligrosa: que aquel que persigue su propia felicidad no la alcanza, que el débil ha de sufrir, que quien solicita amor se verá decepcionado, que el glotón no quedará saciado, que quien busca la paz encuentra la guerra, que la verdad es sólo para los valerosos, que la dicha es sólo para aquel que no teme la soledad, que la vida es sólo para aquel que no teme la muerte.
Joyce Cary. (Irlanda 1888,1957) Fragmento de “Ser peregrino” -

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.
(Eduardo Galeano. “Ventana sobre la utopía”. Palabras Andantes. 1993)
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El miedo global
Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca un trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones, miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.
Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir.
Eduardo Galeano (Patas arriba, la escuela del mundo al revés. 1998)
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¿Quién muere?
Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga a vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre el blanco y los puntos sobre las íes a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.
Muere lentamente quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no pregunta de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar. Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.
Pablo Neruda
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¿Tener o ser?
Vemos que los países de Europa más democráticos, pacíficos y prósperos, y los Estados Unidos, presentan los problemas más graves de perturbación mental. Estos datos suscitan la pregunta de si no habrá algo fundamentalmente equivocado en nuestro modo de vivir y en los objetivos por cuya consecución luchamos. ¿Es posible que la vida de prosperidad que lleva la clase media, si bien satisface nuestras necesidades materiales, nos deje una sensación de profundo tedio, y que el suicidio y el alcoholismo sean medios patológicos de escapar a ese tedio? ¿Es posible que esas cifras constituyan una radical ilustración de la verdad de aquel aserto según el cual “no sólo de pan vive el hombre”, y que revelen que la civilización moderna no satisface alguna de las necesidades profundas del individuo?
Erich Fromm.