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Whatever gets you through today

Soy una andaluza en busca de su lugar en el mundo, que por ahora reside en Madrid.

Este es mi sitio de recreo, donde pienso, hablo y grito todo aquello que se me pasa por la cabeza.
Sin filtros. Sin máscaras. Sin remordimientos.
Esta soy yo en mi más pura esencia.

  • ¿Es el lenguaje utilizado en las revistas masculinas el mismo que el utilizan los violadores para justificar sus actos?

    El estudio realizado por la universidad de Surrey demuestra que la mayoría de los hombres encuestados no pudieron identificar de manera apropiada qué tipo de frases procedían de revistas masculinas y cuáles habían sido pronunciadas por violadores.

    Frases como “el rastro de rimmel en las mejillas de una chica significa que acaba de llorar, y posiblemente fuese culpa tuya… pero puedes alegrar su triste belleza con un poco del viejo saca y mete” o “creo que las mujeres son como plastilina, si las calientas lo suficiente puedes hacer lo que quieras con ellas” son algunas de las lindezas que podemos encontrar en el mencionado estudio. Ahora bien ¿serías capaz de determinar si esas frases salieron de la boca de un violador o si, por el contrario, han sido sacadas de una revista masculina cualquiera?

    Para más información visitad su página web, y si además tenéis curiosidad y queréis comprobar si vosotros podéis efectivamente diferenciar las frases procedentes de una y otra fuente, haced el test.

    Por cierto, las frases anteriores fueron encontradas en revistas masculinas.

    Exacto, vergonzoso. 


    Etiquetado: Thoughts mujer igualdad derecho

    Publicado el Diciembre 12, 2011 with 27 notas

  • La mujer en los medios.

    En los últimos años se ha levantado una gran polémica en torno a la desigualdad existente en nuestra sociedad entre los hombres y las mujeres debido a la adopción de medidas por parte de los poderes políticos para intentar acabar con dicha situación de discriminación y violencia hacia el género femenino que desgraciadamente tan pronunciada se encuentra en nuestro país.

    Así, hemos sido testigos de la creación de ministerios específicos para asegurar la igualdad, con el objetivo de promover socialmente las condiciones  necesarias para que, en este caso, las mujeres puedan tener asegurada la existencia de unas mismas condiciones  reales y unos mismos derechos con respecto a los de los hombres. También se ha desarrollado la denominada Ley contra la Violencia de Género con la idea de otorgar una mayor protección jurídica a aquellas mujeres que se encuentran coartadas y maltratadas por sus parejas sentimentales y que se ven en una situación de desesperación y desamparo que efectivamente necesitaba de una especial normativa por la peculiaridad y gravedad del delito, que ahora se denomina “de género”. No hay más que verlo en los escalofriantes datos que el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad aporta desde el año 2003 hasta julio de este mismo año, donde leemos el impactante número de 579 víctimas mortales a manos de sus compañeros sentimentales.  Además, observamos cómo en la actualidad se está intentando romper con el omnipresente “techo de cristal” que parece existir en las empresas privadas de nuestro país, estableciendo una serie de cuotas para que las mujeres se encuentren representadas en los cargos de Consejo de Administración de una manera más equitativa y justa que la que desgraciadamente se da en nuestra sociedad. De hecho, los datos arrojan que las mujeres en los Consejos de Administración de la Sociedades Cotizadas representan sólo un 9,2%, siendo en la actualidad 44 el número de consejeras existentes en los Consejos de Administración de las empresas más relevantes en España, frente a los 463 consejeros que en la actualidad existen, siendo ellas sólo el 3% presidentas de dichos Consejos.

    Efectivamente, analizando los datos es clara la necesidad de la adopción de dichas medidas de discriminación inversa o de acciones positivas al existir una discriminación de género contra la que debemos de luchar activamente.

    Debemos sin embargo intentar no radicalizar nuestro discurso y confundir nuestros objetivos, como lo hacen algunas corrientes feministas que abogan por una supremacía de la mujer frente al hombre, pidiendo una serie de medidas incoherentes con la verdadera lucha para conseguir la igualdad material y utilizando un discurso demagogo e incierto para luchar por derechos que realmente no deberían ser propiedad exclusiva ni de mujeres ni de hombres. Teniendo claro que las mujeres y los hombres no somos iguales, y aceptando y abrazando la idea de la concurrencia de dichas diferencias inevitables entre géneros, podemos iniciar la lucha por una efectiva igualdad en nuestra sociedad de la mujer con respecto al hombre.

    Observamos que sobre el papel todos somos iguales ante la ley, así lo establece el art.14 de la Constitución Española, y si también atendemos a las medidas que se han ido estableciendo durante estos últimos años a las que hemos hecho mención anteriormente, podemos afirmar que la igualdad formal así como la material se han conseguido (o se está consiguiendo, en el caso de la igualdad material) puesto que se ha producido un intervencionismo del Estado en el mercado y en las relaciones personales para garantizar los derechos de, en este caso, las mujeres, promoviendo dicha igualdad material y removiendo los obstáculos con los que las mujeres se encuentran en la actualidad para alcanzar ya no sólo la igualdad de condiciones, sino también la igualdad de fines.

    Ahora bien, ¿es todo esto suficiente? ¿Podemos entender que estas medidas y la promoción por parte del Estado de una igualdad material es lo ideal para que el papel de la mujer en nuestra sociedad cambie drásticamente? ¿Debemos esperar que con dichas medidas las mujeres vayan a dejar de ser maltratadas, vayan a comenzar a ocupar cargos de relevancia en empresas, vayan a empezar a ser contratadas sin tener en consideración que puedan llegar a quedarse embarazadas o que vayan a ser remuneradas como lo son los hombres? Mientras estas medidas y todo este discurso en pro de la igualdad de la mujer con respecto al hombre tranquiliza a muchos sectores de la sociedad, nos encontramos frente a una pregunta que pocas personas se hacen y no por ello es menos inquietante, y es que, ¿hasta cuándo vamos a tener que imponer la igualdad en nuestra sociedad para que dicha igualdad sea finalmente real y efectiva? ¿Es la imposición de estas medidas la solución para erradicar este quiste o son simplemente métodos utilizados más bien para tapar y suavizar una realidad que enerva a una gran parte de la población? En mi opinión, las mujeres no debemos contentarnos con la consecución de una igualdad formal y la promoción por parte del Sector Público de la igualdad material a través de medidas que deberían ser temporales, puesto que estas igualdades no son suficientes para conseguir la más importante de todas, que es la igualdad social y cultural, el hecho de interiorizar la idea fundamental de que todos, hombres y mujeres, somos iguales, y esto sólo se puede producir con una educación y con la existencia de una cultura concienciada y dirigida al ámbito específico de la igualdad. Tenemos que ir más allá.

     Es aquí donde nos topamos con los medios de comunicación. Los medios de comunicación de masas juegan un papel de estabilización e integración de roles, valores, normas y símbolos. Además, son considerados un importante instrumento para la socialización y la transmisión de valores, ya que muestran pautas de comportamiento de forma consciente o inconsciente, que se convierten en ocasiones en modelos de referencia para la sociedad. De forma inevitable acaban creando una “realidad” que afecta a nuestra visión del mundo y a su comprensión.

    De esta forma, los medios juegan un papel fundamental a la hora de transmitir una imagen femenina no estereotipada, y de ser motores de cambio hacia una sociedad sin discriminación de género.

    Al centrarnos en la representación de la mujer a través de las imágenes emitidas por los distintos medios, la infrarrepresentación y aparición estereotipada de la mujer vuelve a emerger.

    Se da una total asimetría en el tratamiento del hombre y de la mujer, pues desde sus orígenes, las técnicas publicitarias han considerado a la mujer como la más hermosa de sus conquistas, pero también la han visto como el mejor medio para conseguir sus propios fines. Se ha considerado a la mujer “publicitaria” en un doble sentido: como destinataria de los productos que se pretenden vender, y como adorno bello y vehículo persuasivo para promocionar los más variados objetos de consumo en el mercado, desde bebidas alcohólicas, hasta automóviles pasando por líneas aéreas (Iberia, Ryanair), o cámaras fotográficas. Además resulta curioso que la imagen de la mujer aparece indistintamente en textos en los que el destinatario es hombre, mujer o ambos. Cuando se utiliza como recurso publicitario, suele mostrarse la figura completa de la mujer, desnuda o semidesnuda, en actitud sensual o amable, ocupando un primer plano incluso cuando lo que se ofrece no tiene relación alguna con el aspecto, con el vestir o en general, con la imagen.

    Por consiguiente, si tenemos en cuenta que los medios de comunicación son propuestas de lectura de la realidad y recogemos la frase de Martin Serrano (1995) en la que decía que uno de los esquemas que más se repiten en la televisión es “el de las mujeres asociadas con el cuerpo, y los hombres con la cabeza”, el panorama no parece muy esperanzador. 


    Por desgracia y en un gran porcentaje de los casos, cuando la mujer aparece en imágenes, lo hace en muchas ocasiones representado a ciertos estereotipos que han resistido al paso del tiempo y que siguen estando presentes en la mayoría de las sociedades como ya hemos señalado. Así, nos podemos encontrar con la mujer en el papel de seductora, aludiendo a conceptos relacionados con la belleza, el erotismo, y la provocación, o
    como serpiente tentadora. En definitiva, en el sujeto convertido en objeto sexual. 

    En otras ocasiones también nos topamos con la figura femenina ridiculizada. En este último caso y con respecto a la actitud de ciertos fotógrafos, aunque sea con una motivación principal de sorprender y de captar la atención de la audiencia, nos podemos encontrar esta ridiculización en ambos sexos indistintamente. El resultado son instantáneas poco representativas, que en ocasiones pueden resultar simpáticas, aunque poco justas en relación con el personaje representado, como podemos observar a continuación en calidad de ejemplo.

    En ocasiones, se producen situaciones en las que vemos a la mujer claramente identificada con labores domésticas, un anacronismo relacionado históricamente con el género femenino. Cierto es sin embargo que cada vez es más habitual, sobre todo en anuncios de publicidad, empezar a encontrarse con hombres desarrollando labores en casa y también protagonizando anuncios de belleza.

    Otro rol que se repite es el de la mujer víctima de casos de violencia de género. En este caso, y por desgracia, su aparición en los medios se corresponde con una realidad claramente preocupante en la que algunos hombres creen verdaderamente que la mujer les pertenece como si de un objeto se tratase.


     En la actualidad, la sociedad está absolutamente acostumbrada al bombardeo diario al que los medios de comunicación nos somete, enviando constantemente mensajes incitándonos al consumismo, y sin apenas darnos cuenta, guiándonos hacia donde el mercado sabe que vamos a ser más débiles, que es precisamente en todo aquello relacionado con la visión que tengamos de nosotros mismos. Como ya hemos observado en el apartado anterior, las mujeres específicamente nos encontramos sometidas a constantes directrices que incluso inconscientemente nos autoimponemos porque creemos que es lo correcto, siendo realmente algo que hemos interiorizado gracias a haber absorbido cual esponjas los centenares de mensajes que los medios de comunicación nos lanzan a lo largo del día. Nos levantamos y lo vemos en nuestros cereales Special K, en cuya caja observamos la figura de una esbelta mujer, incitándonos desde primera hora de la mañana a ser más delgada, a tener una cintura más estrecha y así lucir mejor en un bonito bikini rojo. Más tarde abrimos el periódico y nos encontramos con el anuncio de una preciosa mujer que dice ser mucho más mayor de lo que realmente aparenta, achacando todo el mérito a esa milagrosa crema que ha hecho desaparecer sus patas de gallo y sus ojeras, y le ha devuelto las ganas de vivir y la sonrisa. Encendemos la televisión y nos maravillamos con series como Californication o Gossip Girl en las que observamos imágenes hipersexualizadas de la mujer sin escandalizarnos lo más mínimo, porque esa es la imagen de la mujer de hoy en día y es ese concepto de mujer al que la sociedad no sólo debe idolatrar, sino también intentar conseguir como borregos.

    Así empezamos a desenterrar poco a poco pequeños fantasmas en los que en un principio no habíamos reparado; las chicas ven en los medios de comunicación una perfección a la que llegar a toda costa y creen que por el hecho de ser mujer deben de ser delgadas, guapas, sanas y sexualmente apetecibles, aparte obviamente de luchar por demostrar constantemente su valía intelectual y conseguir la paridad. En definitiva, deben ser perfectas. Por eso dejan de comer, empiezan a contar calorías, comienzan a consumir productos dietéticos mientras rezan por llegar a la gran adorada talla 36-34. Con sólo 12 años. Empiezan a infringirse el dolor de la constancia y la obsesión por la consecución de sus objetivos, objetivos que realmente no han sido determinados de una manera razonable o sana, y en consecuencia, comienzan a romperse por dentro para dar a luz a problemas tan traumáticos y escalofriantes como la anorexia o la bulimia. Las niñas se comparan con esas chicas que salen en los videos musicales llevando escuetos vestidos y dejando a la vista pechos operados y nalgas imposibles. Son testigos de cómo una mujer alcanza el éxito y la fama internacional por haber grabado un video pornográfico con su pareja y haberlo colgado posteriormente en internet. Se sientan por las tardes a ver programas de televisión (realities lo llaman) en los que, dependiendo del tipo, son espectadores de la vida de otra persona, de algún  concurso de belleza o de los testimonios de la socialité de turno.

    Los medios de comunicación están ahí para recordarnos que no somos lo suficientemente buenas o perfectas, que necesitamos ser arregladas y que nuestro valor descansa meramente en nuestra juventud y belleza. Nuestra cultura nos enseña que nuestro valor está directamente ligado a nuestra apariencia y alimentar esta creencia distrae a las mujeres con la noción de que el éxito las eludirá a menos de que caigan en la idea de “belleza como mercancía”. Cuando observamos estos anuncios, estas series de televisión, estos vídeos musicales o estos realities el mensaje predominante es que el término “ordinario” o que lo “normal” podría muy bien ser sinónimo de “despreciable”. Debemos de parar esta teoría sin sentido de que todas debemos de ser “Barbies” y excelentes en cómo nos comportamos para poder llamar la atención, porque es esta presión la que está alimentando las cifras de depresión, desórdenes alimenticios, cirugías plásticas y baja autoestima en chicas y mujeres jóvenes. Y tampoco podemos ignorar la fuente de todo ello; una industria cosmética que se beneficia en unos 500 billones de dólares al año incluso en una economía tan raquítica como la de esto tiempos.

    Al elegir ver este tipo de programas que desprecian a la mujer y la hipersexualiza y degrada de manera denigrante y de formas muy poco halagüeñas (peleando y compitiendo entre ellas, por ejemplo), estamos eligiendo reforzar lo que podemos denominar como una “educación del entretenimiento”, que es claramente contraproducente para el cuidado y el cultivo de la mujer. De hecho, para las chicas jóvenes esta falsa idea de belleza ha probado ser dañina para su propia visión de su cuerpo y persona y para la percepción de ellas mismas en el mundo en el que viven.

    Estos programas específicamente han sido creados para representar una norma cultural que impacta directamente sobre el valor de las mujeres en la sociedad con la efímera promesa de que, cuanto más delgada sean, más atractiva serán, y de que cuanto más extravagantemente actúen, más éxito y felicidad conseguirán. Este retorcido mensaje aparta a las mujeres del camino de poder, incitándolas a investir en arreglar lo que aparentemente está mal con su físico. Así, en vez de decidir sobre una universidad o una determinada carrera, más y más mujeres están invirtiendo su fuerza y dinero en la talla de sujetador que los medios de comunicación han establecido como óptima.

    En definitiva, podemos afirmar que los medios de comunicación nos están distrayendo, guiándonos por derroteros por lo que jamás debimos de haber pasado si realmente buscamos la consecución de la igualdad. Nos estamos dejando manipular por industrias millonarias y por unos pocos a quienes beneficia que la mujer quede relegada a un segundo plano pensando meramente en qué vestido ponerse al día siguiente y en cuántas calorías ha consumido a lo largo de la jornada. Pero, no solamente es este el daño que los medios están provocando, pues las mujeres no somos las únicas víctimas en toda esta situación; a través de los mismos medios los hombres son educados a tratar a la mujer de una determinada manera y a valorarla según unos estándares tan irreales como insanos, pudiendo afirmar que son en parte los culpables de la educación de esta sociedad intolerante y machista que en pleno siglo XXI todavía no acaba de interiorizar la idea de que una mujer es mucho más que una cara bonita o la expectativa de una realización sexual.

    Hemos observado durante todo este post cómo las mujeres son distorsionadas en la pequeña pantalla, cómo las revistas denominadas “femeninas” nos inculcan paradójicamente ideas machistas, y cómo los anuncios nos esclavizan haciéndonos pensar que no somos lo suficientemente atractivas, jóvenes y sexuales como para ser consideradas féminas. Vemos que esta es la realidad de la mujer del siglo XXI, la de ser un prototipo más sin cabida para todas aquellas verdaderas personas que se esconden tímidamente detrás de una talla de sujetador, de una dieta hipocalórica, de desórdenes alimenticios y depresiones, y de abusos constantes por parte ya no solo de la sociedad en la que vivimos, sino también por parte de sus parejas sentimentales, hermanos, padres, tíos, y familia, por parte de sus amigos y por parte tristemente también de los modelos femeninos que tiranamente se ríen y mofan de la supuesta imperfección o rareza de aquella chica que quiere ir al colegio para aprender y no para participar en una especie ridícula de pasarela de moda y belleza.

    Esta presión que sometemos todos y cada uno de nosotros a las mujeres de nuestro entorno es la que distrae a las mujeres y hombres de lo que verdaderamente al fin y al cabo somos, personas. No un objeto sexual, no una mujer florero, no una ama de casa, no una máquina de reproducción y bajo ningún concepto una débil y complaciente sumisa. Nuestro valor como mujeres va mucho más allá de nuestro físico y nuestra edad, y estereotipos que nos lleva a nuestra propia autodestrucción están consiguiendo aplacar todo nuestro potencial.

    Para poder acabar con la violencia de género, con los problemas como la anorexia y la bulimia, para poder romper definitivamente y de una vez por todas el techo de cristal existente en nuestras empresas, para poder conseguir que las mujeres sean remuneradas en la misma proporción que los hombres o para que la contratación laboral de aquellas mujeres que no quieren tener que elegir entre su vida familiar y profesional no se vea afectada, no basta con la imposición de cuotas y leyes, ni basta con una pequeña y anecdótica campaña publicitaria o con la creación de organizaciones de mujeres que hacen si cabe más evidente la diferencia en relación a la paridad entre sexos. Lo que verdaderamente hace falta es educar a nuestra inculta sociedad que se deja moldear por las directrices de los medios de comunicación, es necesario guiar a los jóvenes a través de los programas de televisión existentes, las películas o las series de televisión, es necesario dejar de alimentar el monstruo que poco a poco ha ido manipulando nuestra forma de ver la realidad en función de aquello que él quería que viésemos y dar un golpe sobre la mesa para despertar a todas aquellas mentes que siguen adormecidas y sedadas por la “caja tonta” y a aquellas mujeres que, quizá inconscientemente, se objetivizan intentando imitar esa imagen degradada de la mujer que incansablemente se divulga.

    Es indudablemente un camino y una batalla larga y dura, y probablemente muy difícil de vencer, pero es gracias a documentales como “Miss Representation” y a la movilización de numerosos organismos e incluso de personas individuales y anónimas que la “rebelión” contra los ideales precocinados y preestablecidos por los medios de comunicación es finalmente una realidad y no un mero concepto teórico.

    Etiquetado: Thoughts missrepresentation mujer Igualdad Derecho

    Publicado el Diciembre 2, 2011 with 5 notas

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