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Te llevo soñando un tiempo y no te conozco.
Te llevo soñando un tiempo y no te conozco. En realidad sólo soy una mera espectadora de tu vida, de esa voz profunda que acalla multitudes, de tu risa capaz de congelar la sangre, capaz de caldear el alma.
Me escondo sin saberlo dos o tres pasos por detrás de ti para ser testigo de tus palabras pronunciadas entre susurros, de las confidencias robadas, de tu crueldad edulcorada.
No te conozco, pero me sé de memoria los ecos que mi cabeza reproduce de tu voz, retengo en mi mente tu protuberancia masculina – y no hablo de ésa- hablo de la de tu boca, tu garganta. No te conozco pero ya te he memorizado.
Quizá sea por eso por lo que tu anonimato se convierte familiar entre mis sábanas y, cuando el sol se pone y las estrellas son las únicas espectadoras de nuestra historia, tú apareces cauteloso sin yo haberte llamado, para hacer conocido lo desconocido, para convertir en realidad lo imaginado, para descubrir evidente lo escondido, lo callado. Te haces presente sin ser yo responsable, sin preguntar ni pedir permiso, y me tomas y me llevas a tu terreno para reconquistar lo que nunca conquistaste, para enarbolarme de bandera y darme aquello que nunca quise, pero que extrañamente entonces deseo.
Durante el día no hay cabida para los posesivos, pero cuando cae la noche en secreto me haces tuya y a regañadientes me batallas, me dominas, me obligas a quererte. Yo lo juro, no te deseo, pero mi cama arde en llamas. Lo juro, no te conozco, no hablo contigo, pero cuando el crepúsculo me arrebata a veces, sólo a veces construyes la intimidad que me ha ido rehuyendo en la realidad por mí fabricada. Me das en lo irreal de lo onírico lo que no sé procurarme en lo real.
Pero yo lo juro, que no quiero, que mis sueños se equivocan, que erran al invocarte a ti. No te conozco.
A ti no.
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No (¿me?) quieres
Hace tiempo que noto que no me miras igual.
Hay una oscuridad en tus ojos que cada día que pasa se va haciendo más espesa, más impenetrable. Entre nosotros se extiende un inconmensurable precipicio que hace tiempo parece estar invitándote a saltar, y los destellos de impaciencia, indiferencia e irritabilidad han dejado de ser anecdóticos para convertirse en una regla que excepcionalmente quebrantamos haciendo honor a viejos recuerdos.
Te agarras a las manillas del reloj cuando las conversaciones tímidamente se convierten en debates, y el reloj parece no tener minutos suficientes para esos cigarros que fumas fuera en el balcón con la excusa de ver la lluvia caer.
Tenemos que nadar la inmensidad del océano para sentir nuestra piel como solíamos hacer, y nos agarramos de las manos, no porque busquemos la proximidad de un cuerpo amigo en la cotidianidad de nuestra convivencia, sino porque sabemos que las curvas del camino se acercan y podemos terminar haciéndonos daño si caemos.
El invierno se ha instalado cual estación perenne en nuestras noches. Ahora soy yo la que termina por buscar las reminiscencias del calor de tu cuerpo, y tú juegas al escondite entre las sábanas murmurando que hace demasiado calor. Tu espalda se ha amoldado a los escollos de mi espalda, y como si de un puzzle se tratase, juntamos las últimas partes de nuestro cuerpo que aún parecen seguir encajando.
Me tocas, pero eres aire.
Hablas de otra mujer. De su perfección, su inteligencia, su risa contagiosa, su madura visión sobre la vida. Y me pones un poquito más lejos en la esquina de la bolsa de la basura cada vez que pronuncias su nombre con la misma expectación de los niños pequeños cuando hablan sobre “Papá Noel”.
Me mientes sin saber muy bien por qué. Quizá es porque te estás mintiendo a ti mismo, quizá porque aún no eres consciente de que estás mintiendo, pero me mientes. Mientes a tus manos cuando acaricias mi cuerpo, mientes a tus labios cuando me besas en un planeado arrebato, mientes a tu voz cuando pronuncias un “te quiero”. Mientes, y ni siquiera lo sabes.
Me mandas callar cuando estamos con otras personas y me borras automáticamente de la habitación en la que estamos cuando finalmente desisto a relacionarme con los demás. Tu delicadeza ha dado paso a la brusquedad de tus mandatos y a la crueldad de tus envenenadas bromas de las que te ríes, orgulloso de tu genialidad, por haber encontrado una nueva combinación inteligente de palabras que me hagan sentir un poco más pequeña, un poco menos importante, un poco más insignificante.
Un poco menos nosotros.
Eres tú, y solamente tú quien importa. No quieres mis opiniones, no quieres mis sugerencias, te has cansado de mis complicaciones, y mis bromas y anécdotas han dejado de parecerte ingeniosas. No quieres mis sonrisas y mi risa ha empezado a sonarte un tanto chirriante. No quieres mi cuerpo y dibujas en tu mente otras siluetas cuando tienes delante la mía. Lo sé porque puedo ver todas y cada una de ellas reflejadas en la lujuria de tus ojos. No quieres los abrazos que te debo por cada una de las veces que he dicho que no quería abrazarte porque estaba enfadada, y has dejado de pedirme que te diga que te quiero, pues no deseas recordarlo.
No quieres mirarme como antes hacías.
No quieres.
No puedo ponerte a prueba, porque ya no quieres.
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No (¿te?) quiero
No quiero verte.
Tu mera presencia me molesta, me irrita, me revuelve el estómago y me da nauseas. Tu voz hace que me entren escalofríos, y escucharte desde la planta de arriba de esta casa que es mi cárcel me insta a gritar que te odio, que odio haberte puesto por encima de mis prioridades, que han desaparecido todo esos rasgos tuyos que con cariño me embelesaban, que se me ha olvidado por qué calificaba este lugar como mi sitio para olvidarme del mundo.
Ahora es el mundo el que se ha olvidado de mí.
No quiero tus tés, ni tus comidas ni ensaladas, no quiero tus coca-colas ni los vasos de agua que me ofrezcas. No quiero tus besos ni tus abrazos, ni cualquier pregunta estúpida que con voz entrecortada me formules sobre mis estudios. No quiero tu caduca preocupación ni quiero tu fingida compasión.
No quiero tus miradas vacías, ni quiero tus halagos forzados. He aborrecido tus manidas bromas, y ser el objetivo de tus jocosos comentarios dejó de ser dulce y original hace ya bastante tiempo. Escucharte reír ya no dibuja una sonrisa en mi cara de manera automática, y huyo de tus brazos si me buscan por la noche en esta cama, que ya no es la nuestra.
No quiero seguir siendo tu mueble favorito de la habitación en la que te encuentres, y me ha dejado de apetecer fingir interés y traducir las conversaciones que mantengas. Tampoco tengo ganas de esforzarme por tener la sonrisa más grande de la casa y he decidido dejar mi diplomacia escondida tras los mandos de tu Xbox.
He dejado de querer superar mi orgullo y ahora es él, y no tú, el que me da el empujón que necesito para seguir adelante en una batalla que solía ser la nuestra.
No me pongas a prueba, porque ya no quiero.