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El coste de oportunidad
Todo supone un coste de oportunidad, o eso dicen los economistas. La vida se construye sobre innumerable decisiones, “síes” y “noes” que constituyen la cotidianeidad de cada día y que, sin a penas darnos cuenta, se convierten en las señales que seguimos al andar por nuestro camino.
Yo he tomado decisiones, como todos, que me han conducido a la situación en la que actualmente me encuentro. Algunos calificarán mi comportamiento de insensato, otros me darán la consabida palmada en la espalda, otros cuchichearán cuando pase por su lado, y los más y los menos se formarán una descripción en sus cabezas sobre qué tipo de persona fui, soy y seré.
Lo cierto es que me da igual. Al menos ahora sí, si bien lo que los demás opinasen de mí siempre ha sido fuente de llantos, depresiones, paranoias y noches de insomnio dando vueltas en la cama cavilando sobre cómo limpiar mi supuesto nombre manchado.
Pero, ¿sabéis una cosa? No se puede ser feliz si se intenta vivir a través de la felicidad de otros. No puedes mantener a todos los de tu alrededor contentos, no puedes satisfacerles para luego más tarde descubrirte a ti misma insatisfecha. Eso no es justo, ni para ti ni para aquellos que se creen tus amigos cuando en realidad son tus dueños. Y la culpa no es suya, o al menos no siempre. La culpa la tienes tú por alimentar dicha situación.
Hasta que un día te dices que ya no más, hasta que un día tiras el sentimiento de culpabilidad por la ventana y rompes esas esposas invisibles con las que tú misma te ataste a compromisos inexistentes y a relaciones innecesarias e insanas. Hasta que dejas de sentir la necesidad de pedir perdón por lo que haces, piensas, escribes o dices. Y hasta que te das cuenta de que los demás pueden pensar de ti lo que quieran, ¿o acaso no tienes tú misma determinadas ideas, preconcebidas quizá, sobre las personas que te rodean?
Así que aquí me encuentro hoy, sopesando mis decisiones, disfrutándolas y sin arrepentirme de aquel coste de oportunidad que dejé atrás.
Porque ahora soy la reina en mi propio hogar, ahora puedo verte todos los días, puedo llegar a casa y sentir cómo el mundo de fuera se cae a pedazos mientras tú me abrazas y me preguntas cómo me ha ido el día. Porque sin internet, sin televisión y sin dinero somos lo suficientemente pícaros como para saber jugar al escondite con el aburrimiento, y durante los fines de semana no tengo la necesidad de preguntarle al alcohol qué tipo de persona soy o cuántos amigos tengo. Porque esa voz que me invitaba al escapismo ha sido reemplazada por tus besos de buenas noches, y ahora me sobran las sábanas para combatir el frío teniendo tus brazos calientes sosteniéndome. Las cervezas se han convertido en ese lujoso elixir que sólo nos permitimos una vez al mes, por lo que las saboreamos y bebemos como si de champán se tratase, mientras conversamos sobre banales existencialismos e hipotéticas situaciones que nos llevan casi siempre a discusiones acaloradas fomentadas por nuestra desacostumbrada tolerancia al alcohol.
Porque ahora te hago el amor cómo, cuándo y dónde quiera.
¿Que si echo de menos algo? Por supuesto, echo de menos exactamente lo mismo que echaba de menos antes de mudarme a vivir contigo. Echo de menos a mis amigas, a las de verdad, a las que se encuentran a kms de distancia de aquí a horas de viaje. Echo de menos quedar con ellas para intentar salvar el mundo mientras corren a raudales jarras de cerveza, sangría y tinto por la barra del bar. Pero ese no ha sido el coste de oportunidad que he pagado por haber elegido estar donde estoy actualmente. Eso es algo que simplemente no tengo, al menos no aquí en Madrid. Eso es algo a lo que aparentemente estoy imposibilitada de encontrar en esta gran ciudad.
Y esa es también una soledad que tú palias.
En definitiva, sí he dejado atrás ciertas cosas al haberme mudado a vivir contigo. Ya no tengo televisión, internet ni lujos, ahora me hago la comida, la compra y tengo más responsabilidades a parte de la universidad. Sí, también tengo que coger un autobús cada vez que quiero ir a clases que tarda apróximadamente una hora y he tenido que renunciar a mi adicción a Tumblr, a las series de televisión y al tabaco. También tengo que escuchar a mis amigas decirme que con 21 años es una locura irse a vivir con tu novio, y ver que achacan a dicha situación cada nuevo gesto o comportamiento que muestro.
Bueno, esa ha sido mi decisión. Y me importan una mierda los costes de oportunidad.
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