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El tiempo
En esos momentos en los que no sabes si gritar o ponerte a llorar, en los que te encuentras tentada de mandar todo a la mierda o de arrodillarte sedienta de perdón, vete. Huye. Auséntate. No te traiciones a ti misma, ni hagas nada de lo que te puedas arrepentir más tarde, deja que el tiempo hable por ti. Da una vuelta, escucha música, lee…
Pero debes ser consciente de una cosa, una pequeña advertencia que nadie se molesta en señalar cuando se esgrime al tiempo como herramienta para solventar esos conflictos para los que nosotros estamos incapacitados. El tiempo, para algunos, puede suponer el caldo de cultivo, el veneno que lentamente se va esparciendo por todos los poros de la piel, por cada una de nuestras venas y articulaciones, hasta hacer meras marionetas de nosotros mismos. Para algunos, el tiempo es el botón que activa todo nuestro mecanismo de rencor y reproches, es el que le da la opción a nuestro cerebro para excusarnos en nuestros propios actos, el que aporta las justificaciones para nuestras palabras, el que planifica cual comandante en una guerra cuál va a ser nuestro siguiente movimiento.
Como una serpiente, lenta en sus movimientos pero letal en su mordida, el tiempo te puede llegar a erigir como la lengua viperina del enfrentamiento.
Va a resultar pues que no, que el tiempo no lo hace todo… Que es lo que nosotros hagamos en él lo que determinará el desenlace del conflicto.