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Aburrida y cansada de hacer siempre lo mismo (estudiar, limpiar la casa, fregar los platos, leer…) ayer por la tarde cogí bolígrafos y papel con el objetivo de escribir algo. Parece ser que el destino me tenía deparado otros planes bien distintos. Hacía muchísimos años que no cogía un lápiz y dibujaba, por el mero placer de hacerlo. Quizá la última vez que lo disfruté fuese cuando tenía 14 años, cuando cogía los cómics que tenía a mano y dibujaba a los protagonistas una y otra vez, inventando en mi cabeza pequeñas historietas que podía desarrollar a través simplemente de observar de manera indefinida el dibujo que había hecho.
Obviamente, ni los dibujos que por aquel entonces trazaba, ni los que ayer aburrida hice, son ninguna obre de arte. Pero son mi pequeño homenaje a esa niña pequeña que dejé en el pasado, esa enana que pasaba las tardes dibujando modelos paseando por pasarelas, guerreras elfas, samurais o paisajes que, posteriormente y víctima de la excitación, corría a enseñar a su madre o a su padre para recibir la respectiva aprobación.