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La anormal normalidad
Sé la excepción. No caigas en la normalidad. Actúa diferente.
Estamos rodeados de eslóganes que nos instan a invertir sobre la persona que tendríamos que ser, pero que erróneamente todavía no somos. Nos dicen que la normalidad es aburrida, que debemos de levantarnos y ser excéntricamente diferentes, que nuestra virtud se encuentra escondida en forma de arte en algún recoveco de nuestra forma de ser, y que debemos de explotarla para poder ser admirados, para poder destacar.
Tenemos que ser diferentes, porque en la diferencia reside nuestro potencial. Modernizarnos, escuchar grupos de música imposibles, leer esos libros que, por alguna razón, han estado siempre reservados para aquellos sujetos que efectivamente captan el mensaje, y no para esos individuos que buscan miradas de aprobación en un vagón de metro. Sublevarnos en contra de la obediencia debida e impuesta y subrayar esa rebelión a través de la ropa que compramos, a través de las gafas que llevamos o a través del vocabulario que utilizamos.
Por favor, adoctrinemos a aquellos normales que aún existen, porque no son conscientes de su anormalidad.
En esa lucha absurda por ser excepcional en la que la mayoría de jóvenes se enzarzan para ser observados y para sentirse admirados, en esa próspera industria que hace sentir a la gente formar parte de algún movimiento social, en ese estúpido juego de buscar y rechazar al mismo tiempo la aceptación de quienes nos rodean alardeando de seguir una filosofía de vida que - muy probablemente- Wikipedia nos ha enseñado; en definitiva, en ese trastorno obsesivo compulsivo por buscar ser señalados con el dedo es donde nos encontramos con la oveja, con el rebaño.
Ansiamos tanto la diferenciación del resto que terminamos por difuminarnos con él, convirtiéndonos en meras caricaturas de nuestras expectativas y, sobretodo, de las expectativas que otros tienen sobre nosotros.
Lo normal hoy día es explotar artificialmente nuestra erróneamente llamada personalidad con el objetivo de alejarnos de los estándares sociales, alimentándolos más si cabe.
¿Qué tal si en cambio somos lo suficientemente valientes como para ser nosotros mismos, con nuestra aburrida normalidad, y convertirnos así, sin quererlo, en la verdadera excepción?
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