-
Momentos.
Últimamente voy escasa de tiempo, y es precisamente cuando nuestro día a día se convierte en una maratón en contra del reloj cuando más sabemos apreciar esos pequeños “respiros” que en la aburrida rutina no reparamos si quiera.
Un gesto tan nimio como el despertarse. Empezar el día al lado de la persona que batalla contigo (y a veces contra ti) para sacarte una sonrisa en los momentos en los que desearías tirar cada obligación y cada tarea del día por la ventana. Verle todavía durmiendo, plácidamente, con la inocencia de un niño pequeño, a veces incluso con una leve sonrisa reflejo de algún sueño que le ameniza el descanso.
El silencio de la mañana, a las 6:00am. Mirar por la ventana y ver la luces encendidas, observar a las primeras almas que, todavía confundidas por el temprano despertar, divagan por las calles para coger el primer bus de la mañana que les lleve a sus respectivos trabajos. Escuchar con atención y oír cómo el frío es el único que habla a esas horas tempranas, mientras que tú te acurrucas un poco más en tu cama, caliente.
El desayuno con café y tostadas con aceite y tomate. Poder leer una revista mientras el aroma del café despierta tus sentidos, beberte el café ardiendo, calentando tu esófago y automáticamente despertándote poco a poco a cada sorbo que das. Reconfortándote.
Esa hora del gimnasio que tienes reservada sólo para ti con la que todavía tu voluntad tiene una relación amor-odio. Esa sensación de asfixia cada vez que te desafías a ti misma un poco más para confundir los latidos de tu corazón con cada golpe de música que atornilla tus oídos. Mirarte al espejo y no verte, sólo vislumbrar la silueta de alguien que no puede parar de correr. Que no quiere parar de correr.
El alivio de las 10pm. Sentarte en el sofá, cenar lo primero que tus manos encuentren y dejar a tu mente en stand by mientras la película de turno o la serie de televisión del día te hace olvidar por unos minutos u horas que la jornada siguiente va a ser igual o más dura que la anterior. Dejar que las imágenes te acunen hasta que encuentras el sueño para volver arrastrándote a la cama -o en la mejor de las ocasiones, para que te lleven en brazos a ella-. Como un somnífero que te evita pensar antes de sucumbir al cansancio definitivo.
Momentos que nos devuelven la humanidad que cada pequeña obligación, con su estrés aparejado, nos arrebata.