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Cerveza en mano.
Cerveza en mano. La primera.
El sentimiento de impotencia me recorre todo el estómago, me aprieta las entrañas, acelera mi respiración hasta el punto de que el hecho de respirar se convierte en una carrera frenética contra mis propios pensamientos. La ira se ha apoderado de mí, me nubla el juicio y todo lo que puedo argüir son medios sollozos que no terminan en llanto, pensamientos autodestructivos y maquiavélicos planes contra todo aquel ser vivo que alguna vez me haya hecho sufrir. Tanta frustración tengo que, confundida, ni siquiera sé porque estoy frustrada. Quizá fue el despreocupado “vale” que dijo cuando salía por la puerta con aire de indiferencia. Quizá fueron las fotos. O a lo mejor fue el hecho de que todo el asunto me había importado a mí mucho más de lo que le había importado a él, cuando ni siquiera ellos eran amigos míos y sus actos poco debían de afectarme.
Quizá fue simplemente ella.
¿Conocéis esa sensación incómoda cuando alguien te hace sentir cual cero a la izquierda? Esa inquietud cuando sabes que la otra persona te está eclipsando, que poco a poco en su presencia te vas desvaneciendo para convertirte en una caricaturesca sombra de ti misma, constantemente sonriendo sin entender por qué no puedes quitarte esa estúpida sonrisa de tu cara. Esa desazón cuando hablas y no te escuchan, cuando preguntas y a penas giran la cabeza para contestar con viperinos monosílabos, cuando recibes halos de indiferencia incluso de aquellas personas que la noche anterior se encontraban gritando tu nombre. Ese puñetazo de despreocupación es el que me ha hecho sentarme a escribir, el motivo de toda mi impotencia, la razón por la que estoy intentando averiguar a través de las palabras qué he hecho mal (o qué han hecho mal) para que me encuentre perdida entre una maraña de confusión, dolor, rabia e inseguridad.
Lo único que sé es que mi mente está sedienta de venganza y, a falta de planes, he tomado la -a lo mejor no muy sabia- decisión de calmar esa sed con cerveza. Si no puedo ir a beber con ellos, como en un principio estaba planeado, que el beber venga a mí. Sé que seguramente no esté explicándome muy bien y que la situación que me ha conducido a estar aquí se encuentre difusa y sea difícil de comprender, pero no considero los hechos relevantes en esta historia, no esta vez. Sólo quiero perderme en mi –muy probablemente- irracionalidad y tenerla por compañera durante todo este escrito. Sé lo que estoy sintiendo ahora mismo, y eso por ahora me basta.
Cerveza en mano. La segunda.
He escuchado a mucha gente hablar de los celos como una especie de plaga que se ha hecho con el control de muchas de las parejas de hoy en día. Es más, he oído opinar a gente que, asqueada por el tema, criticaban a capa y espada a todas esas mujeres y hombres que, inseguros, se tambaleaban por la presencia de otra persona relacionándose con su pareja. He incluso escuchado que la gente que siente celos realmente no quiere a su pareja, sino que simplemente la posee cual objeto para tenerla entre su pequeña colección de trofeos en una bonita vitrina, para que todo el mundo lo vea pero para que absolutamente nadie lo toque. Pues bien, mientras que algunas de esas argumentaciones son verdaderas en ciertos casos, me río yo en la cara de todo aquel que tenga una opinión al respecto sin que haya tenido opción en primer plano de experimentarlo. Esto es cuestión de casuística, señores, no de teorías baratas. Los celos existen, y no sólo en aquellos degenerados que tienen parejas cual competidor con su medalla. Me gustaría ver cómo cada uno de vosotros actuaría estando poseídos por el monstruo de ojos verdes, cómo lidiaríais con vuestra frustración, cómo os renegaríais a vuestra impotencia. Yo puedo ser estúpida por sentir celos, pero es loable que esté sentada aquí narrando desvergonzadamente cómo lidio con ellos en vez de estar actuando de diferente manera (ya sea atormentando al respectivo novio/a con llamadas amenazantes o con chantajes emocionales, o montando el manido numerito en frente de un considerable número de personas y delante -por supuesto- de sus amigos, para que todos sean testigos de lo débil y esquizofrénica que su novio/a es). No, no me voy a avergonzar por sentir lo que siento. Ni me voy a disculpar por hacer lo que estoy haciendo. Creo que en mi confusión mi raciocinio todavía espera a que dé con la tecla para poder justificar todo este remolino de incertidumbre. Siempre lo hago, y hoy no va a ser diferente.
Supongo que no estoy hecha de acero en lo referente a seguridad en una misma y a confianza hacia las personas de mi alrededor. Siempre he tenido esa voz en mi fuero interno diciéndome que no soy lo suficientemente importante como para ser querida, y que no soy lo suficientemente querida como para ser conservada. De algún modo u otro siempre termino estropeando mis relaciones con otras personas, por exceso de paternalismo y de proteccionismo en algunos casos, y en otros por defecto. De ahí que me machaque diariamente para ser una versión mejorada de mí misma, de ahí que ponga barreras, murallas, caretas y millones de kilómetros para evitar que una persona pueda coger un cachito de mi existencia. No es bueno ni sano, pero es lo que hago; me acerco a las personas en busca de aprobación y cuando me la dan me asusto y pongo tierra de por medio para que el impacto de las mismas sobre mi vida sea el menor posible. Porque esa aprobación que te dan a la ligera es precisamente lo primero de lo que te privan cuando las cosas se tornan difíciles.
Cerveza en mano. La tercera.
De ahí que una sola palabra pueda hacerme estar divagando durante horas. De ahí que un monosílabo pueda derribar mis murallas por completo. De ahí que esté destrozada ahora mismo, intentado buscar las piezas de mí misma que, esparcidas por el suelo, se han desordenado. Sí, soy una estúpida insegura que se mete en la cama a llorar cada vez que se siente mordida por aquellos que no le ríen las gracias o por aquellos que no le dicen lo que quiere escuchar. Una de esas desequilibradas que beben cervezas en busca de un utópico equilibrio y que esperan a los causantes de dicha aflicción para conseguir la revancha.
Soy irracional, y eso me hace humana.
Mi cabeza ahora mismo se imagina diferentes escenarios en aquel lugar en el que el causante de mi inseguridad y la invocadora del monstruo de los ojos verdes se encuentran bebiendo alcohol.
Sin mí.
Sí, sí, sí… la amistad entre hombres y mujeres existe, el respeto entre ambos géneros es primordial y predomina siempre el sentimiento de amistad sobre cualquier deseo primario y Neanderthal , por supuesto… Pero ¿qué pasa cuando esa supuesta amiga tiene una foto de sus tetas en su Facebook? ¿Qué pasa cuando esa amiga aparece en numerosas fotos enseñando su sujetador, con cara de “ay, qué divertido es esto de enseñar las tetas” y poniendo morritos para el momento? ¿Qué pasa cuando tu novio te enseña una foto en la que se ve explícitamente como la susodicha señorita sólo viste unas escuetas bragas, y duerme complaciente (porque estaba borracha) mientras que los demás amigos aprovechan la situación para escribirle con un rotulador por todo el cuerpo? ¿La situación cambia?
Si ya decía yo que esto de los celos es cosa siempre de casuística…
Cerveza en mano. La cuarta.
Muchas veces desearía cortar por lo sano. Ser yo misma sin ningún tipo de condicionamiento, sin esperar que nadie pronuncie las palabras mágicas y sin pretender que te tengan la comida hecha tal y como a ti te gusta. Me gustaría experimentar la inseguridad en soledad y derribarla cada vez que me desafiase, derrotarla en combate sólo con mis armas, con la seguridad de que nadie ha estado detrás de mí guardándome las espaldas. A veces creo que es mejor ser tú misma contra el mundo, sin esperar a nadie que vuelva a casa para calentar el espacio que han dejado frío en la cama, en su ausencia. Incluso en ocasiones pienso que estar en pareja te hace débil y expuesta a numerosos trámites que simplemente ignorarías si estuvieses sola con tu soledad. Sin ir más lejos, el monstruo de ojos verdes en este caso. Tenlo por seguro, ese monstruo te dejaría tranquila.
Pero no, aquí estoy emborrachándome por una petarda que ha decidido presentarse durante todo este fin de semana. Emborrachándome porque mi novio se encuentra con ella, bebiendo. Emborrachándome porque me siento inferior y porque no me siento apreciada. Esperando a que alguien me dé una palmadita en la espalda que convalide toda esta estupidez por algo más racional. Esperando a ese alguien para que me diga que, por encima de todo, soy yo la persona que controla sus pensamientos, la persona que mueve los hilos de su pasión.
Sigo esperando a que me atribuyan la cualidad de enseñar a los hombres que hay solamente dos clases de mujeres:
Yo, y todas las demás.
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