-
Esta canción ha sido mi banda sonora en este día.
Un día en el que una de las personas más importantes de mi mundo nació hace veintitrés años. Alguien con quien escaparse, con quien correr y correr sin mirar atrás. Una persona que tiene el mapa que necesitas, en el momento del camino en el que más lo puedes llegar a requerir.
Una persona experta en escapismo.
En fugarse, desaparecer, desertar, abandonar, retirarse.
Una persona que huye para poder volver a sí misma.
Alguien con quien poder liberarse.
The Rescues - Break me Out
Break me out tonight
I wanna see the sun rising anywhere but here
Come with me
Oh, this could be
The only chance we get
We gotta take it
We don’t do it now we’ll never make it
Lose this crowd
Oh break me out -
-
Asunción de ti (1) - Mario Benedetti
Quién hubiera creído que se hallaba
sola en el aire, oculta,
tu mirada,
Quién hubiera creído esa terrible
ocasión de nacer puesta al alcance
de mi suerte y mis ojos,
y que tú y yo iríamos despojados
de todo bien, de todo mal, de todo
a aherrojarnos en el mismo silencio,
a inclinarnos sobre la misma fuente
para vernos y vernos
mutuamente espiados en el fondo,
temblando desde el agua,
descubriendo, pretendiendo alcanzar
quién eras tú detrás de esa cortina,
quién era yo detrás de mí.
Y todavía no hemos visto nada.
Espero que alguine venga, inexorable,
siempre temo y espero,
y acabe por nombrarnos en un signo,
por situarnos en alguna estación
por dejarnos allí, como dos gritos
de asombro.
Pero nunca será. Tú no eres ésa,
yo no soy ése, ésos, los que fuimos
antes de ser nosotros.
Eras sí pero ahora
suenas un poco a mí.
Era sí pero ahora
vengo un poco de ti.
No demasiado, solamente un toque,
acaso un leve rasgo familiar,
pero que fuerce a todos a abarcarnos,
a ti y a mí cuando nos piensen solos.
-
La primavera y sus orgías literarias.
Que alguien me ate de manos y piernas para que estas vueltas que la primavera me ha hecho inaugurar por buen tiempo no terminen por arruinarme.
En los meses anteriores me refugiaba en la oscuridad de las 18.00 para disfrutar de la serie de televisión de turno acompañada de un té caliente y de una manta (que no bata-manta, a ese nivel todavía no he llegado) o para dejarme los ojos a la luz de la poco eficaz lámpara de Ikea, leyendo antologías poéticas y narrativa nipona.
Pero ya no. Ahora el bar al que acostumbro ir ha abierto oficialmente su terraza, y con ello se ha inaugurado la temporada de los cafés (calientes, jamás con hielo) al sol, del aroma del cigarrillo del tipo de la mesa de al lado y del aireo de las páginas de libros que hace tiempo ya una vez leí. La apertura de la terracita de la Posada del Diablo (así se llama el bar) es sin embargo una mera excusa para salir de la cueva en la que llevo hibernando desde el pasado diciembre.
La primavera ha activado el genoma de mi curiosidad y me ha empujado, a ritmo de Shake it Out de Florence + The Machine, a adentrarme en el mundo de las orgías literarias. Así, ayer mismo me encontré manoseando decenas de libros que - y lo digo con el peso de la vergüenza sobre mí- jamás he leído, pero que debí de leer hace muchísimos años. Me encontré deseando tener al menos unos 20 eurillos conmigo para poder hacerme con los cuentos de Edgar Allan Poe, traducidos por Julio Cortázar. Quizá sea porque hace unas semanas fui al teatro a ver la obra Desaparecer y el relato del Gato Negro me dejó cavilando acerca de aquellos desayunos de los domingos en los que mi padre sacaba aquel libro cuya cubierta atraía toda mi atención. No me acuerdo de lo que en voz alta nos leía. No recuerdo ningún cuento, ningún extracto. Sólo recuerdo la portada azul con la mancha roja, y lo que en su momento me parecía que era una calavera mal formada.

Salté de Edgar Allan Poe a Charles Bukowski y su antología poética. De Charles Bukowski pasé a una recopilación de mitos griegos. De la mitología griega me fui a Almudena Grandes y ésta me llevó irremediablemente a Luis García Montero. Me distraje un rato con Sunset Park de Paul Auster (a pesar de que desde el “Libro de las Ilusiones” y “La Música del Azar” su obra me parece un tanto… cómo decirlo… ¿turbia? ¿apresurada? ¿repetitiva?). He de reconocer que Paul Auster es una lectura fácil y rápida, y casi siempre entretenida (olvidemos a este propósito esa aberración que fue, bajo mi punto de vista, “El País de las Últimas Cosas”) y que desde “Brooklyn Follies”, irremediablemente, Auster me ganó hace ya bastante tiempo. Tras Auster, dudé un rato sobre si debía hojear o no “Así habló Zaratustra”, pero siendo consciente de mis limitaciones intelectuales opté finalmente por satisfacer mi curiosidad en otra parte, en Faulkner específicamente. Hace unos tres años me topé con “Dry September” y desde entonces la idea de leer alguna de sus obras no ha abandonado mi cabeza. Así que, cuando tuve entre mis manos “Mientras agonizo” se me hizo de nuevo pesado el vacío de mi cartera y maldije todos esos cafés apresurados entre las clases de Derecho Social Comunitario y Derecho Eclesiástico.
Finalmente, me giré hacia la sección culinaria intentando apartar mi vista de todas las guías de viajes que desde el mostrador de la derecha me impelían a devorar sin miramiento, y fui saltando de libro de cocina en libro de cocina, parándome un poco más en aquellos dedicados exclusivamente a “postres” -que todo hay que decirlo-. Nunca he tenido más interés en la comida que para comérmela, pero el fin de semana pasado en una de mis innumerables crisis existenciales Deivid y yo llegamos a la conclusión de que nos hacía falta en nuestras vidas un interés común al que dedicar esas tardes melancólicas de domingo. Cocinar fue lo único (económicamente asequible) en lo que coincidimos. Qué voy a decir, va a resultar que después de todo no tenemos tanta imaginación como en un principio pudimos suponer. Así que ahí estaba yo, hojeando libros de cocina, obnubilada por la cantidad de quieros y no puedos que me rodeaban en esa librería maldita.
Quién me mandó a mí meterme en ese lugar sin un céntimo en el bolsillo. Con lo fácil que hubiese sido ir a la tienda de ropa de turno y deambular entre los pasillos de ropa que jamás podré vestir, y que jamás querré ver en mí puesta.
Adivino que en un futuro, cuando mi cartera haya repostado, necesitaré de alguien que me recuerde que una no come de letras, ni tampoco vive de celulosa.
-
David Gray - Babylon
Friday night I’m going nowhere
All the lights are changing green to red
Turning over TV stations
Situations running through my head
Well looking back through time
You know it’s clear that I’ve been blind
I’ve been a fool
To ever open up my heart
To all that jealousy, that bitterness, that ridicule
Saturday I’m running wild
And all the lights are changing red to green
Moving through the crowd I’m pushing
Chemicals all rushing through my bloodstream
Only wish that you were here
You know I’m seeing it so clear
I’ve been afraid
To tell you how I really feel
Admit to some of those bad mistakes I’ve made -
Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.
Alejandra Pizarnik - La mesa verde. -
Te llevo soñando un tiempo y no te conozco.
Te llevo soñando un tiempo y no te conozco. En realidad sólo soy una mera espectadora de tu vida, de esa voz profunda que acalla multitudes, de tu risa capaz de congelar la sangre, capaz de caldear el alma.
Me escondo sin saberlo dos o tres pasos por detrás de ti para ser testigo de tus palabras pronunciadas entre susurros, de las confidencias robadas, de tu crueldad edulcorada.
No te conozco, pero me sé de memoria los ecos que mi cabeza reproduce de tu voz, retengo en mi mente tu protuberancia masculina – y no hablo de ésa- hablo de la de tu boca, tu garganta. No te conozco pero ya te he memorizado.
Quizá sea por eso por lo que tu anonimato se convierte familiar entre mis sábanas y, cuando el sol se pone y las estrellas son las únicas espectadoras de nuestra historia, tú apareces cauteloso sin yo haberte llamado, para hacer conocido lo desconocido, para convertir en realidad lo imaginado, para descubrir evidente lo escondido, lo callado. Te haces presente sin ser yo responsable, sin preguntar ni pedir permiso, y me tomas y me llevas a tu terreno para reconquistar lo que nunca conquistaste, para enarbolarme de bandera y darme aquello que nunca quise, pero que extrañamente entonces deseo.
Durante el día no hay cabida para los posesivos, pero cuando cae la noche en secreto me haces tuya y a regañadientes me batallas, me dominas, me obligas a quererte. Yo lo juro, no te deseo, pero mi cama arde en llamas. Lo juro, no te conozco, no hablo contigo, pero cuando el crepúsculo me arrebata a veces, sólo a veces construyes la intimidad que me ha ido rehuyendo en la realidad por mí fabricada. Me das en lo irreal de lo onírico lo que no sé procurarme en lo real.
Pero yo lo juro, que no quiero, que mis sueños se equivocan, que erran al invocarte a ti. No te conozco.
A ti no.
-
Mis pequeñas manías: cuando empiezo a leer algo de un autor, me lo leo todo.
No me gusta conocer solamente una obra de un escritor, es como si únicamente fueses testigo de un día (bueno o malo) de una persona. Hasta que no has visto a alguien en sus buenos momentos y en su más baja circunstancia, no conoces a ese alguien. Lo mismo pasa con los libros y los autores; hay que leer sus novelas más embarazosas para poder saborear mejor sus obras de arte.
-
Sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra palabras huecas. Personas en definitiva como esa pareja de antes.(…) Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que yo no puedo soportar es a esos tipos huecos. Acabo soltando más cosas de la cuenta. (…) Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil.
Haruki Murakami - Kafka en la orilla.


